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Con su caparazón acorazado, una piel gruesa como de cuero y su lento movimiento, la tortuga es una de las criaturas más fácilmente reconocidas en la tierra.


Generalmente, las especies que habitan el mar se conocen como tortugas marinas, y sus colegas en la tierra se llaman simplemente tortugas terrestres o galápagos. Pero en el Reino Unido casi todas son llamadas tortugas (terrapenes es el nombre dado a las especies más pequeñas comúnmente usadas como comida). Las que habitan en la tierra tienen patas cortas y robustas, mientras que las que viven en ambientes marinos poseen aletas poderosas, o ‘remos’, para nadar.


A pesar de las diferencias en tamaño, dieta y diseño del carapacho, sólo hay dos clases principales de tortugas: las que esconden la cabeza metiendo el cuello hacia adentro (Cryptodira) y las que doblan el cuello de forma lateral (Pleurodira)1. Esto sugiere que las tortugas, ahora clasificadas todas en el orden de los reptiles Chelonia, fueron originalmente creadas en por lo menos dos tipos básicos separados


El carapacho protector, una parte integral de la anatomía de la tortuga, es una envoltura de hueso cubierta por escudos también de hueso (excepto por la tortuga de caparazón suave y la tortuga Laúd). Las placas de hueso están fusionadas con costillas, vértebras y partes de hombro y cadera. Aunque los caparazones varían de familia en familia, la estructura básica permanece igual.


Como tal, debido a que las costillas de la tortuga son inamovibles, no puede respirar como otros reptiles (o, para tal caso, como el hombre). En lugar de eso, los músculos abdominales llevan a cabo la función de las costillas: dos músculos dilatan la cavidad del pecho para inhalar, y otros presionan los órganos contra los pulmones para forzar el aire hacia fuera.2

 

La gigante entre las tortugas vivientes es la tortuga marina laúd, que puede crecer hasta 2.7 metros de largo con una masa corporal de unos 680 kilogramos; la tortuga terrestre más grande es la de las Galápagos de 255 kilogramos.3

Aunque hay muchas historias acerca de la longevidad de las tortugas, no necesitan largos periodos de tiempo para crecer. Crecen completamente en diez años, y el crecimiento en las especies grandes puede ser más rápido que en el hombre.4 Existen evidencias anecdóticas de tortugas que viven más de 150 años, aunque algunos expertos consideran que esto puede deberse a una confusión de dos tortugas separadas cuyos periodos de cautividad se superpusieron.5


Uno de los espectáculos más asombros en la naturaleza es el de una tortuga marina poniendo sus huevos en la playa durante la noche, y el subsiguiente salto brusco de los pichones hacia el agua. La tortuga verde (Chelonia mydas) hembra se arrastra en la playa hasta un punto encima de la línea de la marea alta y excava un hueco poco profundo, usando sus cuatro aletas, luego cava un hoyo para un huevo en el fondo del hueco. La arena es removida por las aletas posteriores, usadas alternativamente. Increíblemente, la tortuga dobla la aleta hacia adentro y la baja suavemente para recoger y transportar su carga, una proeza a menudo realizada sin dejar caer un poco de arena. Un golpe final lanza la arena directamente hacia atrás y despeja el hoyo.

 

Luego la hembra deposita los huevos, usualmente dos al tiempo (la nidada, como se le llama al nido de los huevos, puede tener entre 100 y 200 de estos), y los cubre cuidadosamente. Antes de irse, esconde la evidencia de su actividad lanzando arena alrededor con sus aletas frontales. Todo el proceso toma unas pocas horas.4

 

El tiempo necesario para que los huevos se incuben depende del calor del sol. Cuando las pequeñas tortugas finalmente emergen, instintivamente se dirigen y llegan al agua. Sin embargo, una multitud de depredadores oportunistas se asegura de que sólo unos pocos logren llegar a la seguridad del agua profunda. Las águilas pescadoras y los pájaros marinos de alguna manera parecen saber cuando van a salir los pichones y están listos para cuando estos aparezcan. Incluso en el borde del agua el vía crucis no se acaba, con los tiburones y otros peces depredadores navegando las aguas poco profundas. Las aletas de los pichones son sorprendentemente largas para su tamaño, lo que aumenta sus chances de sobrevivir.

 

Dados los increíbles rasgos específicos de la anatomía de la tortuga, debería ser fácil (si la evolución fuera verdad) rastrear sus supuestas raíces evolutivas. La Nueva Enciclopedia Británica osadamente afirma que ‘la evolución de la tortuga es una de las notables en la historia de los vertebrados’. Sin embargo, en la frase siguiente dice: ‘Infortunadamente el origen de este orden altamente exitoso es oscuro por la falta de fósiles primitivos, aunque las tortugas dejan más y mejores restos fósiles que los otros vertebrados.’2

 

Los evolucionistas afirman que las tortugas aparecieron por primera vez durante el Periodo Triásico (supuestamente hace 200 millones de años), cuando eran ‘numerosas y en posesión de las características básicas de una tortuga.’ Supuestamente las tortugas surgieron de los reptiles ‘primitivos’ llamados cotilosaurios, pero aún así los intermedios ‘faltan completamente’.2
Enfrentados a esta manifiesta carencia de evidencia evolutiva, la enciclopedia asegura: ‘Las tortugas sin embargo, han andado con dificultad un trayecto impasible y estable a través del tiempo evolutivo, cambiando muy poco en la estructura básica (énfasis añadido).’6

 

El Dr. Duane Gish, en su libro Evolution: The Fossils Still Say NO!7 (Evolución: ¡Los Fósiles aún dicen NO!), dice que dada la asombrosa estructura singular de las tortugas, debería ser una tarea muy fácil encontrar formas de transición para trazar el sendero evolutivo desde el ancestro reptil hasta la tortuga, si en verdad eso fue lo que pasó. Él explica que los cambios no serían sutiles, sino obvios, incluso para alguien sin entrenamiento en anatomía o paleontología.

 

Aún así ninguna forma transicional ha sido descubierta. El Dr. Gish cita una serie de evolucionistas, cada uno de los cuales admite libremente esta verdad. Uno de esos comentarios viene de Colbert y Morales: ‘Las primeras tortugas verdaderas hicieron su aparición en la última parte del periodo Triásico, tiempo en el cual ya habían avanzado mucho en las líneas de radiación adaptativa típica de las tortugas modernas...’.8

 

El creacionista Randall Martín también logra un punto válido al cuestionar el porqué un reptil necesitaría desarrollar una coraza protectora en su espalda (si en realidad las tortugas evolucionaron de reptiles sin caparazón como se dice). Seguramente, dice él, un caparazón incompleto daría poca protección. Cualquier pequeña ventaja sería sobrepasada por las serias desventajas de un engorroso obstáculo al escapar de los depredadores.9

 

El relato Bíblico de la creación en Génesis 1 —animales creados para reproducirse según su género- significaría que las tortugas serían instantáneamente reconocidas como tortugas, con el carapacho y otros rasgos únicos completamente formados desde el principio,7 y ninguna serie de ‘ancestros pre-tortugas’ deberían ser encontrada. Es obvio que el registro fósil de las tortugas da un poderoso apoyo a la creación bíblica, y se opone a la idea de la evolución.

Referencias y Notas

1. Wayne Frair, ‘Original Kinds and Turtle Phylogeny’ (Tipos Originales y Filogenia de la Tortuga), Creation Research Society Quaterly, 28(1):22, junio de 1991.

2. La Nueva Enciclopedia Británica, 26:704, 15ava edición, 1992.

3. Ref. 2, p. 688.

4. Ref. 2, p. 703. 5. Ref. 2, p. 692.

6. Ref. 2, p. 705.

7. Duane Gish, Evolution: The Fossils Still Say NO! (Evolución: ¡Los Fósiles aún dicen NO!), pp. 112-115, Institute for Creation Research, California, 1995. Un artículo en la revista Nature por Ren Hirayama, 392(6678):705, abril 16 de 1998 también menciona la falta de evidencia fósil para la evolución de la tortuga, ‘El registro fósil de los chelonioids antes del Cretáceo Superior ha sido pobremente documentado.’

8. E.H. Colbert y M. Morales, Evolution of the Vertebrates (Evolución de los Vertebrados), Nueva York: John Wiley and Sons, 1999, p. 216, citados en Gish, Ref. 7.

9. Randall Martín, ‘The Phantom Bridge Exposed: The Latest Turtle Attack’ (El Puente Fantasma Expuesto: El Último Ataque de la Tortuga), Creation Research Society Quaterly, 33(1):17, 1996.